(Fragmento extraido)
Los gitanos en Cara
vana, no poseían nada y lo tenían todo: aire, fuego, libertad, familia. Yo los miraba desde casa y ardía por estar entre ellos, por caminar descalzo sin pincharme en los pies, y pensé toda la vida que no se morían nunca, que jamás les invadía la tristeza. Todo les era útil y a mí me entusiasmaba observar cómo entraban tantas cosas en aquella carreta destartalada que servía de vehículo, de casa, de techo, de alacena.A ellos les gustaban los muebles rotos, los aparatos estropeados, las piezas que sobraban de las obras, la masilla. Y luego, construían artefactos rarísimos, inventos para detectar la dirección del viento o la altura del sol o la duración, a su manera, de los meses, que para ellos, como el lunes y el martes y las horas voraces y el calendario, carecían de prisas e importancia.
Eran libres. Como una estación con linaje muy propio, al margen del espacio. Dependían del clima, de la sombra, de los arroyos, de la naturaleza, en general, y de las brasas. Y no necesitaban gobernantes ni médicos. La salud la heredaban del aire puro, del paisaje... de ser independientes, soberanos; de cambiar de lugar cuando no estaban cómodos o sentían acaso el peso de la rutina, de huir sin ataduras ni remordimientos, pues con ellos erraba todo lo que era suyo, muy suyo, el perro, la familia, los burros y cuantos artilugios cabían en la caravana.